
De pogos violentos...
Cuando los acordes disparan personas al escenario con el fin de relanzarse a los brazos de otras personas, uno cae en la realidad de que el rock aún existe y que se puede vivir, parado y saltando en un costado de La Trastienda.
Mientras Wallace maquilla su música con frases de diva, y grita a un público efusivo las letras de cada uno de los temas de su último gran disco llamado RIngo, los fanáticos de Massacre realizan lo que en una época se hubiese llamado la hecatombe total.
Mientras el ícono del rock nacional cambia su templo de Obras a La trastienda, donde la intimidad nos regala una visión perfecta de lo que un artista hace arriba del escenario, por abajo nunca falta el grito agudo de una mujer pidiendo a gritos un beso que desde arriba el gordo devuelve con un "mua, toma mi amor".
Massacre me mostró que el rock under puede hacerse grande y seguir siendo under. Que la familiaridad que uno podría encontrar en una banda de chicos de 20 años se puede encontrar también en el escenario de una banda con más de 10 discos de trayectoria (dos de ellos muy vendidos).
El repertorio nos deja la anecdota de la gran versión de "Ana no duerme" y de "Te quiero tanto" (si el tema de Sergio Denis, en una versión sublime y poguera). Pero la base del recital fuera de lo musical se dibuja en ese estallido emocional Punk/skatter que detona en cada uno de los hombres y mujeres que se subian a un escenario bajo, besaban la busarda de Wallace y volvian a arrojarse a los brazos del público cual Axl Roses en los 90.
El mundo de los Sex Pistols, de los Clash, sigue vivo en el espiritu de Massacre, vale la pena seguir yendo a ver una banda que con el glamour de una diva sale a volarte la tapa de los sesos con recitales que no bajan de los decibeles necesarios para quemarte los oídos y dejarte la peluca encendida.
Santiago Abregú